La UNAM tiene un arma secreta contra el gusano barrenador, una plaga que ya supera los 17,500 casos en el país. Se llaman Nala y Tamal, son dos perros, y su nariz es más precisa que muchos equipos de laboratorio.
Su historia es un curso acelerado en adaptación científica. Todo empezó en 2020, cuando la FMVZ los entrenó para detectar COVID-19. El proyecto usaba muestras del Instituto Nacional de Ciencias Médicas para enseñarles a diferenciar entre personas sanas e infectadas.
Pero la ciencia a veces toma giros inesperados.
“La capacidad de entrenamiento era limitada”, explicó Carlos Guillermo Gutiérrez, director de la Facultad. En lugar de desperdiciar el avance, redirigieron el talento canino. Primero hacia la detección de cánceres de mama y cervicouterino, en colaboración con el Instituto Nacional de Cancerología.
Y luego, en diciembre de 2024, llegó la emergencia: la expansión descontrolada del gusano barrenador. El equipo universitario volvió a pivotear.
“Los perros ya dominaban la metodología… el principal cambio fue enseñarles un nuevo olor objetivo”, detalló Gutiérrez.
El nuevo entrenamiento los llevó a ranchos y zonas de manejo real. Un entorno complejo que exigió una adaptación adicional. El resultado? Una sensibilidad superior al 90% para localizar heridas infectadas.
Los números prometen, pero con cautela.
Aunque los resultados son “altamente prometedores”, aún están en fase de validación. Es complicado acceder a suficientes casos reales en campo para confirmar al 100% su eficacia.
“En pruebas controladas, los perros han demostrado una capacidad notable… incluso en dinámicas reales”, señaló el director.
La justificación va más allá del olfato. Gutiérrez apunta a su “disposición natural a trabajar con humanos”. Mientras tanto, el Senasica reporta más de 17,554 infestaciones. La carrera contra la plaga sigue, y ahora tiene cuatro patas.